
Estamos en Febrero del 2009, es un invierno que por su dureza, me recuerda a los vividos cuando yo era pequeña (ya llovió que dirian algunos) pues si, hace mucho, pero, quitando unos cuantos adelantos y que las personas que me rodean son otras, se parece bastante.
Recuerdo cuando de repente se oia una voz gritando "RAMÓN DE LA LUZ ESTAMOS SIN LUZ EN EL CASINO"Ramón, era mi padre y como creo que os daríais cuenta, era el electricista del pueblo y alrededores; entonces los transformadores de la luz, eran simples casetas con una calavera pintada en la puerta y ponia "peligro no tocar" y él, mi padre, era el único que podia entrar y arreglar el desaguisado.O cuando tenia que ir a las montañas porque habian caido cables de luz, antes tenía que ir a la caseta, cortar la luz, ir a arreglar los cables, volver a la caseta y conectar. Todo esto en unas horas y a veces a las tantas de la mañana y con truenos, relampagos y demás; y todo bastante lejos de casa y sin coches, en una lambreta ¡Os lo podeis imaginar? Pues así un invierno tras otro, mi padre era un roble y por eso me gustan las tormentas, porque le esperaamos detras de los cristales de casa hasta que le veíamos aparecer entre los rayos sano y fuerte como siempre, protegido por el Dios que el y nuestra madre nos enseñaron a querer. El recuerdo de su llegada mojado pero bien, me hacia pensar que las tormentas no eran tan malas y por eso no me asustan; yo creo que a él le respetaban.
No soy tonta y se que son peligrosas, pero, digo lo que yo pienso de ellas por mi experiencia en esos momentos de mi vida y por la serenidad que demostraba mi madre, como si estuviera segura de que no iba a pasarle nada, imagino que en su interior estaría muy preocupada.




