Llevo tanto tiempo sin escribir aqui que me he encontrado con alguna novedad del blog, mejoras que están muy bien y espero que a mi me sirvan pues soy para esto un poco torpe.
Hace una semana que empezamos nuestras actividades parroquiales y de acción social; pues bien en la P.C. que tenemos los miércoles, tocamos el tema de revisar a la luz de la fe nuestro propio dolor; anoto un pequeño punto (para no hacerlo muy extenso) y luego pondré el comentario de un compañero que nos gustó mucho y ayudó a la reflexión del grupo.
El avance de la ciencia ha sido de una gran ayuda para aliviar muchos de nuestros dolores físicos, y para los más internos, hay muchas muchas personas especializadas que también nos pueden echar una mano (psicólogos, sacerdotes...) ¡También Jesús tiene una palabra para el dolor!
Revisar el propio dolor
Es verdad que Jesús en el Evangelio no habla de cómo ha de ser quitado un dolor físico o psicológico y sin embargo sí habla y mucho del amor y de la misericordia para aliviar el mal ajeno.
En muchas ocasiones, el dolor y el amor están íntimamente unidos, y considero que es con éste como se alivia aquél. Amando al dolorido, al fatigado por la vida, al triste, al que llora, escuchándole, acompañándole, dirigiéndole palabras y gestos de ánimo y de cariño es como se verá mitigado el dolor y, bajo mi punto de vista es, con estas acciones, cuando el dolor puede cobrar sentido.
El mismo Jesús nos dice: “Bienaventurados los que sufren y lloran, porque ellos serán consolados.” (Mateo 5.5.). Lo que no dice Jesús es cuándo serán consolados. Pienso que el consuelo total será en el Reino de los Cielos, pero si es misión del cristiano procurar la anticipación de la llegada del Reino ya en este mundo, entonces procurar consuelo al que llora y al que sufre se convierte en una misión que el Señor nos encomienda con sus palabras, para llevarla a cabo aquí y ahora.
Por otro lado, si el dolor y el sufrimiento son propios, físicos o psíquicos, reflejo de alguna enfermedad o tal vez alguna angustia que nos abruma, estaríamos en un punto en el que, igual que amar serena el sufrimiento ajeno, ser amado serenaría los nuestros, pero debería ser para el cristiano prioritario, aceptar primero ese dolor y acordarse de los que Jesús tuvo que padecer para procurarnos la salvación. En resumen, creo que amar y ser amado es la explicación de que el sufrimiento pueda ser aliviado y también aceptado. Se podría decir incluso que el Amor es la parte bella del dolor y del sufrimiento.
Acabamos de oír en la lectura del Libro del Apocalipsis, en la celebración de Nuestra Señora de La Almudena, la siguiente cita:
Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.» Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Todo lo hago nuevo.»
De este texto parece interpretarse que la muerte, el luto, el llanto y el dolor son inherentes al primer mundo, es decir a nuestro mundo. Creo que de nosotros depende que todos esos males puedan ser mitigados, incluida la muerte, haciendo que ésta llegue en su tiempo y no anticipada como consecuencia de la injusticia o de leyes puramente humanas. Será en la morada de Dios con los hombres, cuando veremos la ausencia total de todos estos males y opino que será entonces cuando se verán plenamente cumplidas las bienaventuranzas, cuando todas las lágrimas serán enjugadas.
José María.
A mi por lo menos me ha ayudado a abrir bien los ojos ante esta realidad.
jueves, 11 de noviembre de 2010
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